El Color del sofá cap 2
Publicado: Vie Mar 27, 2009 6:14 pm
Perdon por la tardanza en publicare este segundo capitulo pero es que h estado hospitalizado. Os dejo el enlace con el primer capítulo.
Cap 1 http://foro.recuperarelpelo.com/viewtopic.php?t=20108
2
Durante años siguió pensando en volver a poseer un sofá negro, aunque nunca quiso romper la promesa que le había hecho a su madre. Pero ahora, estaba decidido a tener otro, y esta vez uno de tamaño real, en el que poder dormir cuando estuviese cansado, y ver la televisión al volver del trabajo. Si bien, esta vez no podía albergar la misma solución, ya que el material del que estaba hecho el sofá de su salón , de color ocre, no admitía ser pintado, por lo que debía tapizarlo de negro, arte del que no entendía absolutamente nada. Podía aprender a tapizar, seguramente bastasen unas pocas herramientas y unos metros de alguna tela negra, pero era previsible que el resultado fuese de la calidad propia que podría ofrecer un primerizo, y por tanto debía encontrar a un tapicero que se atreviese a realizarlo. Fue a diversas tapicerías a preguntar precios para trabajos distintos, con el objeto de estudiar al tapicero que le atendiese, para encontrar a uno que le inspirase la suficiente confianza como para hacer tan perseguido acto. El primero al que visitó, le pareció de tal honradez que ni se le pasó por la cabeza proponerle nada. El segundo era demasiado joven , y seguramente evitaría problemas; pero el tercero, un hombre gordo y con bigote, cuya única obsesión era comunicar cuanto antes el precio de todo lo que le proponía Abel, se mostraba lo suficientemente corruptible como para que existiese una mínima posibilidad de que aceptara. Abel le comentó si podía darle un presupuesto por escrito. Para ello subieron a la segunda planta del almacén, donde disponía de un despacho. Tomaron asiento, y mientras el tapicero escribía las cifras del presupuesto Abel le habló.
- ¡Oiga!. Quisiera decirle algo.
- ¡Diga, diga!. Dijo aquel hombre sin apartar la vista del papel, al notar que Abel, frenado por su nerviosismo guardó un poco de silencio.
- ¡Verá!. Todo lo que yo le diga está digamos…, bajo lo que se llama secreto profesional.
El tapicero paró de escribir, y levantó su mirada. Nunca le habían dicho algo semejante. Por un momento pensó que su trabajo era tan exquisito como el de un gran pintor , y que por ello debía ser llevado en secreto para evitar ser espiado. Pero
rápidamente desechó esa idea, por fantasiosa e ideal.
- Si, si, si, no se preocupe, lo que usted me diga no saldrá de estas cuatro parecdes.
- Pues verá , yo…, lo que querría en realidad es que tapizara de negro un sofá que tengo en casa.
El tapicero se le quedó mirando fijamente, sin mostrar nerviosismo, solo dando a entender la gravedad de lo que su cliente le estaba proponiendo.
- Eso no se puede hacer señor, es un delito y de los más graves.
- Ya, ya lo sé, pero es que yo siempre he deseado tener uno. Es una idea que conservo desde que era niño y que no consigo quitarme de la cabeza. Abel no paraba de moverse en la silla, y en su rostro se reflejaba la angustia que le proporcionaba hablar de algo tan íntimo.
- ¿Y porque no va un psicólogo?. Que yo sepa solo está prohibido tenerlo y no desearlo. Seguro que un psicólogo le solucionará el problema. Las terapias avanzan rápidamente. Mi mujer estuvo un año imposibilitada para hacer el amor conmigo. No había manera. Decía que me quería, pero por las noches se quedaba quieta, y solo buscaba excusas para que dejara de tocarla. Entonces fue a un psicólogo, y poco a poco fue recobrando el apetito sexual, y a día de hoy todo funciona correctamente.
- Pero es que yo no quiero dejar de desearlo, quiero tenerlo. ¿Por qué no?, no le hago daño a nadie. Lo tendría en el salón de mi casa. Incluso podría habilitar una habitación donde solo entrase yo. Es que me encantaría acariciar su superficie negra mientras veo la televisión, u observar el contraste con la ropa blanca.
- Pues yo no puedo hacer nada. Perdone caballero, pero las consecuencias serían tremendas para mí, y para mi familia. No puede arriesgarme.
Esta última frase desencadenó una enérgica reacción en Abel que dijo:
- Pero quiere hacerlo. Si alguien no desea arriesgarse, es porque desea realizar esa acción arriesgada. Si no se desea, el riesgo no se tiene en cuenta; ni tan siquiera aparece en el pensamiento.
- ¡Quizás!.Pero no lo voy a hacer. Dijo el tapicero que permanecía frío y tranquilo.
- Le pagaré el doble, no el triple de lo que cobra por tapizar un sofá en otro color.
- Demasiado riesgo para tan poco dinero.
- ¿Cuánto quiere?. ¡Dígalo!. ¡Ponga usted el precio!.
El tapicero dejó encima de la mesa el bolígrafo, y se pasó la mano por la nuca.
- ¡ Verá!, voy a contarle un par de cosas. Su voz se tornó más cálida. Hace un par de meses, estaba en la calle hablando con una prostituta, era un transexual. Me gustan ¿sabe?. Me parecen personas muy graciosas y sentimentales. Estábamos sentados hablando en un banco cuando vino la policía. Eran cuatro, y uno de ellos de una agresividad extrema, tanto, que en pocos minutos le dio un par de guantazos, gritándole que no quería ver por allí ni putas ni maricones. Después me pegó otro a mí. Yo me alteré bastante, y estuve a punto de responderle, pero dos de sus compañeros me agarraron por el brazo y decían , “este quiere salir calentito hoy de aquí”, por eso procuré calmarme. Al poco se fueron , y yo la transexual sentíamos una vergüenza conjunta , que supongo se siente al ser humillados. Tardamos diez minutos en mirarnos a la cara. Otro día, estaba en un bar cercano a la playa. Por el ventanal se veía la arena, y en ella un par de mujeres totalmente desnudas; y a mi lado un señor, no paraba de insultarlas. Su mujer , le rogaba que bajase el tono de voz, pero este permanecía igual. Y escuchándole pensé como era posible que la sociedad cometiese la injusticia de condenar y prohibir lo que solo genera un malestar psíquico. Como es posible que afirme que el problema está en la conducta ajena y no en el pensamiento propio. Porque el pensamiento debería estar bajo el imperativo de que las palabras y los estímulos son completamente inocuos; y si no lo logra debería intentarlo, y no comportarse tiránicamente incidiendo en que el problema lo causa lo que lo perturba, en vez de pensar que el problema está en el pensamiento. Acaso la conducta ajena provoca cáncer. Con su deseo pasa lo mismo. Usted desea un sofá negro, pero no se puede tener un sofá negro, a pesar de que no le haga daño a nadie. Puede que algún día , y lo digo con esperanza, alguien pueda afirmar; “prohibir la homosexualidad, el nudismo, el suicidio, la libertad de expresión , y todo aquello que es absolutamente íntimo es tan absurdo como prohibir que un sofá sea de color negro”.
Abel descubrió que con todo lo que le decía el tapicero se ponía de su parte.
- Entonces, ¿lo hará?, preguntó.
- Lo haré. Pero le costará bastante. No quiero ser un héroe. Le cobraré cinco veces su precio; y otra cosa , lo tapizaré en su casa. No quiero que alguien pueda verlo en el almacén.
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Durante años siguió pensando en volver a poseer un sofá negro, aunque nunca quiso romper la promesa que le había hecho a su madre. Pero ahora, estaba decidido a tener otro, y esta vez uno de tamaño real, en el que poder dormir cuando estuviese cansado, y ver la televisión al volver del trabajo. Si bien, esta vez no podía albergar la misma solución, ya que el material del que estaba hecho el sofá de su salón , de color ocre, no admitía ser pintado, por lo que debía tapizarlo de negro, arte del que no entendía absolutamente nada. Podía aprender a tapizar, seguramente bastasen unas pocas herramientas y unos metros de alguna tela negra, pero era previsible que el resultado fuese de la calidad propia que podría ofrecer un primerizo, y por tanto debía encontrar a un tapicero que se atreviese a realizarlo. Fue a diversas tapicerías a preguntar precios para trabajos distintos, con el objeto de estudiar al tapicero que le atendiese, para encontrar a uno que le inspirase la suficiente confianza como para hacer tan perseguido acto. El primero al que visitó, le pareció de tal honradez que ni se le pasó por la cabeza proponerle nada. El segundo era demasiado joven , y seguramente evitaría problemas; pero el tercero, un hombre gordo y con bigote, cuya única obsesión era comunicar cuanto antes el precio de todo lo que le proponía Abel, se mostraba lo suficientemente corruptible como para que existiese una mínima posibilidad de que aceptara. Abel le comentó si podía darle un presupuesto por escrito. Para ello subieron a la segunda planta del almacén, donde disponía de un despacho. Tomaron asiento, y mientras el tapicero escribía las cifras del presupuesto Abel le habló.
- ¡Oiga!. Quisiera decirle algo.
- ¡Diga, diga!. Dijo aquel hombre sin apartar la vista del papel, al notar que Abel, frenado por su nerviosismo guardó un poco de silencio.
- ¡Verá!. Todo lo que yo le diga está digamos…, bajo lo que se llama secreto profesional.
El tapicero paró de escribir, y levantó su mirada. Nunca le habían dicho algo semejante. Por un momento pensó que su trabajo era tan exquisito como el de un gran pintor , y que por ello debía ser llevado en secreto para evitar ser espiado. Pero
rápidamente desechó esa idea, por fantasiosa e ideal.
- Si, si, si, no se preocupe, lo que usted me diga no saldrá de estas cuatro parecdes.
- Pues verá , yo…, lo que querría en realidad es que tapizara de negro un sofá que tengo en casa.
El tapicero se le quedó mirando fijamente, sin mostrar nerviosismo, solo dando a entender la gravedad de lo que su cliente le estaba proponiendo.
- Eso no se puede hacer señor, es un delito y de los más graves.
- Ya, ya lo sé, pero es que yo siempre he deseado tener uno. Es una idea que conservo desde que era niño y que no consigo quitarme de la cabeza. Abel no paraba de moverse en la silla, y en su rostro se reflejaba la angustia que le proporcionaba hablar de algo tan íntimo.
- ¿Y porque no va un psicólogo?. Que yo sepa solo está prohibido tenerlo y no desearlo. Seguro que un psicólogo le solucionará el problema. Las terapias avanzan rápidamente. Mi mujer estuvo un año imposibilitada para hacer el amor conmigo. No había manera. Decía que me quería, pero por las noches se quedaba quieta, y solo buscaba excusas para que dejara de tocarla. Entonces fue a un psicólogo, y poco a poco fue recobrando el apetito sexual, y a día de hoy todo funciona correctamente.
- Pero es que yo no quiero dejar de desearlo, quiero tenerlo. ¿Por qué no?, no le hago daño a nadie. Lo tendría en el salón de mi casa. Incluso podría habilitar una habitación donde solo entrase yo. Es que me encantaría acariciar su superficie negra mientras veo la televisión, u observar el contraste con la ropa blanca.
- Pues yo no puedo hacer nada. Perdone caballero, pero las consecuencias serían tremendas para mí, y para mi familia. No puede arriesgarme.
Esta última frase desencadenó una enérgica reacción en Abel que dijo:
- Pero quiere hacerlo. Si alguien no desea arriesgarse, es porque desea realizar esa acción arriesgada. Si no se desea, el riesgo no se tiene en cuenta; ni tan siquiera aparece en el pensamiento.
- ¡Quizás!.Pero no lo voy a hacer. Dijo el tapicero que permanecía frío y tranquilo.
- Le pagaré el doble, no el triple de lo que cobra por tapizar un sofá en otro color.
- Demasiado riesgo para tan poco dinero.
- ¿Cuánto quiere?. ¡Dígalo!. ¡Ponga usted el precio!.
El tapicero dejó encima de la mesa el bolígrafo, y se pasó la mano por la nuca.
- ¡ Verá!, voy a contarle un par de cosas. Su voz se tornó más cálida. Hace un par de meses, estaba en la calle hablando con una prostituta, era un transexual. Me gustan ¿sabe?. Me parecen personas muy graciosas y sentimentales. Estábamos sentados hablando en un banco cuando vino la policía. Eran cuatro, y uno de ellos de una agresividad extrema, tanto, que en pocos minutos le dio un par de guantazos, gritándole que no quería ver por allí ni putas ni maricones. Después me pegó otro a mí. Yo me alteré bastante, y estuve a punto de responderle, pero dos de sus compañeros me agarraron por el brazo y decían , “este quiere salir calentito hoy de aquí”, por eso procuré calmarme. Al poco se fueron , y yo la transexual sentíamos una vergüenza conjunta , que supongo se siente al ser humillados. Tardamos diez minutos en mirarnos a la cara. Otro día, estaba en un bar cercano a la playa. Por el ventanal se veía la arena, y en ella un par de mujeres totalmente desnudas; y a mi lado un señor, no paraba de insultarlas. Su mujer , le rogaba que bajase el tono de voz, pero este permanecía igual. Y escuchándole pensé como era posible que la sociedad cometiese la injusticia de condenar y prohibir lo que solo genera un malestar psíquico. Como es posible que afirme que el problema está en la conducta ajena y no en el pensamiento propio. Porque el pensamiento debería estar bajo el imperativo de que las palabras y los estímulos son completamente inocuos; y si no lo logra debería intentarlo, y no comportarse tiránicamente incidiendo en que el problema lo causa lo que lo perturba, en vez de pensar que el problema está en el pensamiento. Acaso la conducta ajena provoca cáncer. Con su deseo pasa lo mismo. Usted desea un sofá negro, pero no se puede tener un sofá negro, a pesar de que no le haga daño a nadie. Puede que algún día , y lo digo con esperanza, alguien pueda afirmar; “prohibir la homosexualidad, el nudismo, el suicidio, la libertad de expresión , y todo aquello que es absolutamente íntimo es tan absurdo como prohibir que un sofá sea de color negro”.
Abel descubrió que con todo lo que le decía el tapicero se ponía de su parte.
- Entonces, ¿lo hará?, preguntó.
- Lo haré. Pero le costará bastante. No quiero ser un héroe. Le cobraré cinco veces su precio; y otra cosa , lo tapizaré en su casa. No quiero que alguien pueda verlo en el almacén.
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